El poder de la influencia y la capacidad de adaptación en publicidad

A comienzos de la década de 1970 una de las principales marcas de Whisky de España se anunciaba presentando una botella vacía con el siguiente eslogan: “Mírelo de esta forma, no acaba de perder una botella, acaba de ganar un montón de amigos”.

Este tipo de mensaje actualmente sería políticamente incorrecto porque se consideraría que induce al consumo de alcohol, no de la marca.

Incluso sospecho que podría ser motivo de alguna exageración o desvarío en coloquios de televisión, interpretándolo como una asociación directa del elevado valor de la amistad con el pernicioso hábito del consumo de bebidas alcohólicas si no del alcoholismo.

Con este ejemplo se ilustra perfectamente la influencia en la publicidad de los valores que inducidos o no, son dominantes en cada contexto. Más allá de cuestiones legales o éticas, la publicidad es consciente de que no tiene el poder de persuasión o influencia que se le otorga por los mismos medios que hoy estarían obligados a valorar negativamente un anuncio como el que se expone.

La imagen que hoy se transmite con frecuencia en productos similares es otra bien distinta, no se induce a su consumo con un mensaje tan explícito, sino que más bien, es más importante la personalidad que representan los actores y modelos que los atributos propios de la bebida.

Es decir, la persona elige el momento, la cantidad de consumo y la marca con total dominio mostrándose el producto como algo secundario y accesorio del personaje y la situación en que actúa, en la que los objetivos son otros más refinados que una vulgar reunión con bebida.

Sin embargo, existe otro tipo de reclamo en el que se utiliza la supuesta condición del género masculino de ser básico y simple pero noble. Lo que ocurre es que estos mensajes corresponden a firmas de cerveza, una bebida más difícil de alejar de hábitos pertenecientes a la cultura y mucho menos inicua.

Aunque la publicidad puede no ser tan poderosa como dice de ella su reputación, tampoco es sumisa. Su objetivo final no es tanto el estímulo de demanda con una predisposición concreta, como la creación en los receptores del mensaje de necesidades conscientes que tienen latentes en su personalidad.

Para conseguirlo, muchas veces no hay más remedio que arriesgarse a no ser todo lo correctos que indica la coyuntura. Este factor se tiene también en cuenta de manera que incluso la provocación, es un recurso que en ocasiones se aprovecha al servicio de la disciplina publicitaria y resulta más eficaz que la obediencia a los arquetipos considerados correctos, ya sean producto de la evolución social o correspondientes a un momento transitorio.

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